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'El Observador' by Alexandre Ragàs
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Sé que les coses sovint han de ser mostrades per a que siguin creibles, conscient d'aquest fet us adjunto a continuació un relat de l'Alexandre, per a que us en feu 5 cèntims del monstre que tenim entre nosaltres... Gaudiu de la lectura, simplement genial!!

EL OBSERVADOR

 

 

El tren salió con una hora de retraso a las ocho en punto.

 

Instantes antes, cuando las agujas del reloj de la estación señalaban con impertinencia los números siete y uno, como acusándoles de algún delito que habían cometido y que había quedado impune, delatando su escondrijo -esa esfera de cristal llena de números donde los imprudentes afirman que habita el tiempo- a la espera de una mísera recompensa, llegó corriendo una chica arrastrando dos maletas rojas. Me preguntó si ya había salido el tren. Le dije que aún no había llegado. Tras suspirar, mitigada, lo primero que quiso saber sobre mí fue el estado de mis reservas de tabaco.

Nos sentamos en el mismo banco del andén, separados por el temor a un exceso de atrevimiento, por la vergüenza de mostrar una afinidad espontánea nada justificada, por la necesidad de preservar mediante la prudencia un fingido desapego, pero a la vez atados, por un sentimiento de compromiso y por esas breves aclaraciones que me había visto obligado a hacer, en atención a lo que mandan las normas de la buena educación y la cortesía. ¿A partir de qué instante se deja de ser un desconocido? ¿En qué momento deja de ser extravagante la manifestación de un profundo aprecio por otra persona?

Extendidas sobre la maleta colocó sus piernas, sin rasguños ni contusiones, lisas y relucientes. Movía los pies sobre la maleta siguiendo el ritmo de alguna canción que sonaba en su cabeza, o tal vez a causa de una liviana excitación. Tenía la cadera ancha y los pechos pequeños, al menos, eso supuse al no abultar en exceso a pesar de llevar varias prendas de ropa ajustada. Derribó sin querer la maleta al darle demasiado impulso. La volvió a poner en pie y me miró, y dijo que yo también podía estirar las piernas, si quería. Recuerdo con exactitud su perfil, abrupto y escarpado, su nariz despuntando con descaro, irguiéndose majestuosa sobre la llanura de su cara como un observatorio. Desde allí se apreciaban las pecas discretamente esbozadas danzando con júbilo sobre su nariz, los hoyuelos marcados en sus mejillas y una pequeña cicatriz como recuerdo de alguna travesura infantil incrustada en su mentón, arrugas en la frente, horizontales y con pretensiones de ser equidistantes entre sí como un pentagrama, pero inevitablemente sesgadas por su constante hábito de fruncir el ceño. Sus ojos eran feos, como lo son todos los ojos pero su mirada era dulce y a la vez severa, ingenua pero con un atisbo de esa picardía confundida a menudo por maldad, especialmente por aquellos que no la saben llevar a cabo, y aglutinaba todos los estados de ánimo que acontecían en su interior, escurridos por el filtro de la nitidez y la transparencia.

En un par de ocasiones me sorprendió observando detenidamente sus pies, que ahora reposaban sosegados- la canción habría llegado a su fin-junto a los míos, pero aquello no pareció molestarla, al contrario, me pareció verla agasajada y complacida, por su sonrisa satisfecha, sencillamente alegre, desprovista de ironía o desdén, una sonrisa que no juzgaba, una sonrisa suave e indulgente, opuesta a la histérica risa de aquel que pretende disimular su malhumor, una sonrisa, para encontrarle alguna falta y aunque me cueste reconocerlo, ligeramente afectada, vanidosa, por la mera fatuidad que involuntariamente nos otorga el sabernos titulares de un cualidad.

Hallaba cómodo ese silencio que a menudo la falta de confianza nos hace insoportable, compartiendo el atardecer, compartiendo esos momentos en los que el sol pasa de ser un astro colgado en algún lugar remoto del espacio a ser un personaje de nuestra vida, una amigo cauto y altruista que aparece siempre a la misma hora y desaparece cuando su ímpetu se debilita, sus rayos se difuminan, las sombras se tornan tenues y alargadas, y ya nada más puede aportar a nuestro bienestar. Hallaba cómodo el saber que ella descansaba a mi lado, y miraba de reojo cómo se inflaba su tórax y sus pechos quedaban oprimidos por el jersey, con la respiración entrecortada por su reciente corrediza, desprendiendo un leve y afrutado perfume de fresa y deseaba acariciar su brazo, desnudo, a pocos centímetros de rozarse con el mío y desencadenar ese violento latigazo, esa sacudida espasmódica en el estómago y ese indomable y cándido rubor que sólo nos provoca el contacto del brazo lampiño e impúber de la mujer amada.

 

 

                                               *          *          *          *

 

 

La paciencia de la tullida se acabó. Arrastrando su pie izquierdo por el suelo de la estación, y su encanto hasta el umbral de la vejez, empezó a hacer espavientos y a quejarse abiertamente al personal de limpieza, que soportaba estoicamente los inmerecidos agravios.

Aparentaba unos cincuenta años, era alta, corpulenta y elegante, y sus andares, cansinos y asimétricos iban siempre acompañados por el sonido del impacto de sus collares de plástico entre sí o contra los botones ovalados de su ajustada camisa negra. Era un de esas bellezas que subyace en los rasgos, una belleza conocida, quizás por ser arquetípica o quizás porque ya la había visto en alguna otra ocasión, y manoseada, en las múltiples capas de maquillaje aparecían sumergidas las huellas digitales de innumerables varones que dejaban impresa la irrefutable prueba de su crimen, una belleza que reluce a pesar de los profundos pliegues en su cuello y esa porción de carne flácida e inerte que colgaba de su papada, emancipándose prematuramente de su cara, una belleza, al fin y al cabo, que no puede esconderse si uno atiende a la soberbia, la determinación y la altanería con la que se movía por la estación, las mayores pruebas de que esa persona había sido durante muchos años el centro de muchas atenciones.

Se acercó a pedirme un cigarrillo. Accedí a su petición sin rechistar, bosquejando una tímida sonrisa acorde con mi naturaleza apocada y timorata. Creí que ponderaría la generosidad de mi conducta y la docilidad de mi carácter pero ni tan solo la agradeció. Miré dentro de la cajetilla de tabaco, por si había dejado algún número de teléfono o alguna dirección escrita en una resquebrajada servilleta de papel, pero se fue a increpar a los empleados ferroviarios sin dejar otro rastro que el de un intenso y perverso olor a sexo y el de una cajetilla vacía, de cigarrillos y de ilusiones.

 

 

                                               *          *          *          *

 

 

La continua percusión de su bastón contra las baldosas del suelo y el aroma de su cigarrillo recién encendido me advirtió de su llegada. Se quitó su sombrero blanco rodeado de una cinta granate, haciendo un amago de reverencia y se sentó. No me percaté de que aquel hombre era extranjero hasta que empezó a hablar, con una voz áspera y ronca, en un idioma del todo desconocido, desabrido y despótico, parecido al alemán. Narraba anécdotas a momentos graciosas a juzgar por sus puntuales carcajadas, y a momentos solemnes, mientras fumaba, sosteniendo el cigarrillo con dificultad a causa de su agitado pulso. Apoyaba su mano izquierda en el bastón, mientras sus ojos asomaban por entre sus estrechos párpados, casi cerrados, formando una misteriosa y melancólica mirada achinada. Su barba entre negra y canosa, que se rascaba constantemente le daba un aspecto tosco, aunque uno intuía, o más bien, daba por supuesto, que bajo esa robusta mata de pelos yacía sedimentada en las raíces, la sabiduría que se le presupone incondicionalmente, aunque carezca de méritos o aptitudes, al que ha vivido mucho. Hablaba y hablaba y por algún motivo no interrumpí su historia, por el contrario, asentía a menudo e intentaba hacerle comprender que entendía perfectamente lo que estaba diciendo. Cada una de sus carcajadas anunciaba una risotada de las mías, y la severidad de mi expresión, significaba que la anécdota circulaba por senderos nada placenteros. Fumábamos sin parar, necesitaba moderar ese vicio que convertía mi garganta en un desierto, pero su expresión de placer y relajación al inhalar tabaco me contagiaban y me vi envuelto en una cómplice espiral de humo.

De repente su voz echó a temblar, casi con la misma intensidad que sus manos: manchadas, con los nudillos dislocados por la artrosis, tejidas por unas venas purpúreas e hinchadas que se bifurcaban como un río con sus afluentes. El bastón se tambaleaba de un lado a otro, poniendo en peligro su equilibrio. Puse mis manos sobre las suyas. Estaban heladas. Noté como la sangre fluía por aquellas venas, a ritmo de adagio. Una lágrima se deslizaba por su semblante erosionado y cambiaba súbitamente de dirección, dejando una estela irregular, hasta llegar a sus labios resecos. La saboreó y tuve la impresión de que le resultó un alivio. Sacó un pañuelo de la chaqueta, doblado cuidadosamente en forma trapezoidal y lo empapó de llanto, sudor y humedad, pero por mucha presión que hiciera jamás podría eliminar la huella de la tristeza, impregnada en su rostro, en sus ojos enrojecidos y abotagados, y en sus manos, entumecidas, tal vez por el oprobio que  produce el ser observado, aun con mirada compasiva, cuando uno se desmorona irremediablemente, tal vez por la consternación que nos produce el recuerdo de un acontecimiento oscuro, un instante adormecido durante años por la gracia del olvido y que ahora se despertaba para atemorizar al viejo.

Se recuperaba poco a poco, y cuando empezó a hablar de nuevo, comprendí que mi secreto había sido desvelado. Hablaba otro idioma, cierto, pero yo antes le entendía. Ahora sus palabras se me antojaban como un cúmulo de sinsentidos, una desagradable algarabía, un constante murmullo que martilleaba mi cabeza. Mi mirada, distraída, apenas contactaba con la suya, y acabé por no poner ninguna atención en su discurso, y celebrar el momento en el que se levantó, se puso de nuevo el sombrero y subió al tren de las ocho en punto, no sin antes dirigirme una amplia sonrisa de agradecimiento que contesté escuetamente con un gélido adiós. Nunca he podido explicarme esa imprevista e injustificada animadversión, aunque siempre he sospechado que la empatía y la cordialidad, incluso la propia cordura, exigen una cierta distancia para mantenerse en buen estado. El hombre no está hecho para soportar un primer plano.

 

 

                                               *          *          *          *

 

 

El tren salió de la estación a las ocho en punto. Fue entonces cuando la muchacha dilapidó toda nuestra felicidad y echó a perder nuestra plácida y apacible morada levantada sobre los fundamentos del silencio.

 

-         Yo no soy yo. Yo soy la mujer tullida. Esa es la mujer en la que me he convertido. Y todo por no subir a ese tren. ¿Porqué no subimos a ese tren? ¿A qué estábamos esperando? ¿Qué hacíamos, pues, en la estación? Creemos que hay muchos trenes que van al mismo sitio, pero cada uno de ellos es distinto. Ese era el único tren de mi vida y se me ha escapado. Todo es único, nada se parece a nada, aunque los hombres todo lo vean igual. Eso es porque no observan las cosas con detenimiento. Ese tren ya no volverá. Sólo me queda una leve esperanza, y que cruel y humillante es la esperanza que mantiene vivo el deseo cuando éste ya no se puede consumar. Pero soy yo, puedes creerme, soy la misma, debajo de todas esas capas de maquillaje, de carne, de músculos y de huesos sigo siendo la misma persona. Pero, ¿Por qué insisto? Es tarde y tú nunca me seguirás. Ahora me desprecias. Me despido de ti. La vida es demasiado relevante para mí. ¡Pero qué ingenua: antes de decirte adiós a ti, debería despedirme de mi, porque ahora tu eres más yo que yo misma!

 

 

*          *          *          *

 

 

Hace treinta años que el tren salió de la estación a las ocho en punto.

Cada tarde veo salir en ese mismo tren a la mujer tullida y volver unas horas después, abatida, pero con el suficiente empeño como para regresar el día siguiente y tomar el mismo tren. Cada tarde le doy mi último cigarrillo. Ya no espero nada a cambio, ni una sucia servilleta, ni un gracias, ni que se acuerde de lo sucedido hace treinta años. Me conmueve su insensatez, su absurda tenacidad y su disparatada insistencia, pero por encima de todo, envidio secretamente que esté inmersa en una búsqueda desesperada, y que encuentre un solo motivo para vencer la desazón, la indiferencia o la simple gandulería que me tienen preso en este banco, custodiado por dos maletas rojas que sospecho cobijan la solución a este enigma, pero que no me atrevo a abrir por respeto a la intimidad y al honor.

Durante estos años he pensado a menudo que me gustaría estar sentado junto a la amable muchacha, evitar que sucumbiera a su trágico destino, habitar ese silencio eterno y confortable que fue interrumpido por nuestro inoportuno devenir y sus ansias reveladoras, y no sólo rozar su brazo, sino robarlo y besarlo, pero luego pienso que echar de menos, habitar en la memoria, aunque ésta sea frágil y velada, es más gratificante, o al menos, no requiere tanta dedicación como habitar una estación de tren.

Y ya soy mayor, me tiemblan las manos, manchadas y pellejudas, y ya me cuesta sostener el cigarrillo, y ya derramo lágrimas y me desmorono irremediablemente cuando el pasado aparece como un laberinto con entrada pero sin salida, y ya tengo la sensación que nunca fui joven, y que nunca he sido otra cosa que lo que soy ahora.

 

He narrado el suceso del modo más claro y ordenado que permiten los imprecisos recuerdos de un viejo. Se preguntará el lector cual fue el impacto que esa confesión tuvo en mi, o que significado cabe atribuirle a todo este embrollo de identidades. Lo desconozco. Espero, por su bien, que el lector no sea de esos que todo lo quieren averiguar, y todo lo quieren entender, porque se va a sentir defraudado, con esta humilde historia, y con la vida en general. Yo soy un simple observador, Y el observador no se involucra, no tiene un segundo para dedicar a nadie, vive sólo y empaña de soledad a los que le rodean, conocidos o desconocidos, El observador no es un juez sino un testigo; de un estremecimiento, de una lágrima, de una palabra,  o de un sentimiento inapreciable que se desliza con disimulo ( o simplemente tropieza y cae ) por el lúgubre e insondable abismo de la conciencia.

 

 

 

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